Yo también llegué a ese punto. Daba clase, corregía, planificaba, contenía a treinta y pico de chicos, y todavía tenía que sostener mi propia casa. En algún momento dejé de reconocerme: era docente de nombre, pero por dentro solo quedaba cansancio.
Lo que me cambió no fue "organizarme mejor". Fue entender dónde se me iba la energía de verdad — y aprender a poner límites que se sostienen, sin volverme fría con mis alumnos ni sentirme culpable por cuidarme.
Eso es exactamente lo que armé en Recreo para el Alma: no es otro curso para hacer más. Es el permiso y el método para hacer lo mismo, con vos adentro también.
— con cariño, de una docente a otra





